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SUERTE, DE TIN MARÍN, LO SÉ O NO LO SÉ…

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Evaluar es una acción que contiene a su vez muchas otras acciones. Suena cantinflesco, pero no lo es. Evaluar es, o al menos teóricamente, todo un proceso de selección en el que se califican las habilidades y competencias de una persona, para un específico campo de acción profesional y/o laboral.

Los mecanismos y procesos evaluativos son muchos y muy diversos, pero en el área educativa sobresale lo cuantitativo, la prueba que valora el número de conocimientos específicos de un alumno, sin darle el menor puntaje a lo que en la práctica profesional tiene un gran peso: la actitud.

El sistema educativo mundial ha dado una gran preeminencia a la cantidad sobre la calidad, tener el mayor porcentaje de reactivos positivos en un examen de opción múltiple garantiza seguir avanzando dentro del mismo.

Y ahí empieza el conflicto evaluativo. Primero porque muchos alumnos que no estudiaron y que, obviamente, no saben la respuesta si tienen suerte y le “atinan” por azar son evaluados con una mejor calificación que aquél que, víctima del estrés, se confunde y se bloquea aunque sepa las respuestas correctas, además de que normalmente este tipo de alumnos no son capaces de copiar, o el que de plano posmodernamente trae el famoso “acordeón” de respuestas en su celular y obtiene la mejor calificación del grupo, riéndose del esfuerzo fracasado de los compañeros de clase.

Éste es un principio de corrupción que, como sociedad, no hemos reflexionado lo suficiente y que da ejemplos contundentes de que lo fácil, audaz, trasgresor y minimalista en el esfuerzo, da mas satisfacciones y ventajas que el trabajo, la dedicación, el estudio y la honestidad. Esa es la verdadera lección en el interior del salón de clases, la lección que todos recordarán más allá de fechas históricas, nombres rimbombantes o frases célebres. Y ésa nadie la evalúa, pero sus efectos se dejan ver y sentir por todas partes. Al menos en México muchos puestos de gran responsabilidad, no sólo profesional, también moral, son ocupados por los menos calificados, pero sí los más audaces, esa terrible audacia que logra imponerse gracias a que no posee conciencia. Y ésta sí que debiera ser una parte fundamental de nuestras evaluaciones, no sólo educativas, también sociales, familiares y profesionales, porque una persona sin conciencia convierte el conocimiento no en herramienta para el mejoramiento, sino en arma letal para la destrucción.

Belinda Abud

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