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Consultor internacional en temas de planificación, sistemas de información y evaluación educativa en organismos como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), el Programa de Promoción de la Reforma Educativa en América Latina (PREAL) y el Banco Mundial (BM), y de los Ministerios de Educación en Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, El Salvador, México y Uruguay, Juan Carlos Palafox concedió una entrevista a az durante su última visita a la ciudad de México en la cual nos ofrece una visión sobre el modelo educativo mexicano, el proceso evolutivo de los docentes y su nuevo papel de cara a las nuevas exigencias del siglo XXI.

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¿Qué lectura le das a la suspensión de la Evaluación Nacional de Logro Académico de Centros Escolares (ENLACE)?

Juan Carlos Palafox (JCP): Dos: una de política coyuntural, “todo lo que hizo el anterior gobierno está mal”, un esquema que sucede en todo el mundo en función de una institucionalidad mal entendida y miope. Y la otra, legítima y racional: “si esto tiene tantos problemas, paremos para ajustar”. En este último caso sería bueno no caer en el prurito del perfeccionismo porque ninguna acción humana en México, Chile, Costa Rica, Inglaterra, Finlandia o China, es perfecta. No existen los instrumentos perfectos, se trata de aproximaciones y modelos que buscan representar una realidad, pero no pueden abarcarla por completo. Debemos afinar los mecanismos y procedimientos para elevar su confiabilidad y validez: Por ningún motivo hay que perder la acumulación histórica de información que se tiene.

az: En este escenario que nos has descrito sobre el nuevo contexto del profesor, ¿estamos generando los maestros idóneos en las escuelas normales?

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JCP: El asunto de las normales no es un debate nuevo. Recuerdo al maestro Reyes Heroles con su revolución educativa. La primera decisión que tomó fue buscar la desaparición de ese modelo y transformarlo en una educación universitaria. De ahí viene el debate. Hay una distancia entre lo que está operando y es significativo para los educandos en su vida diaria y lo que conforma la educación normal. No porque ésta sea el problema, sino porque el sector educativo es el que, en su conjunto, no ha caminado al mismo ritmo de las transformaciones que produce la globalización y de los efectos que el desarrollo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) tienen en los niños, incluso antes de que comiencen a hablar.

Los niños responden a distintos estímulos, mecanismos, canales de comunicación, y tienen diferentes vías de acceso a la información. El sector educativo trata de ir a la par, pero estamos atrasados. El paso del desarrollo de estas dinámicas ha sido más rápido que los cambios en el sector educativo. Lo fundamental es aceptar este hecho y entrar en un debate sobre el papel de la escuela normal en el proceso educativo que permita comprender el fenómeno y adaptar los planes y programas de formación inicial de los docentes a esta nueva realidad. En la medida en la que algunas normales lo han hecho de mutuo propio, encontraron resultados, pero tiene que ser una política de Estado.

Hay un problema de gestión. Todos sabemos que muchas normales tienen autogobierno. Esto no pasa necesariamente por criterios pedagógicos, sino más bien por otros de orden político-coyuntural que no tienen nada que ver con el quehacer educativo, distanciándolas cada vez más de la realidad escolar. Es recomendable buscar el vínculo permanente entre la formación docente, la realidad cambiante y lo que pasa en las escuelas.

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az: Se registran diferentes cambios en el sistema educativo —incluidas reformas—, pero no se logra alcanzar la calidad educativa.

JCP: Esa es una observación muy apresurada. ¿De dónde venimos? Sin pretender adentrarnos en nuestra larga historia, sino en el periodo en el cual se consolida nuestro actual Estado Nacional, plasmado en nuestra carta magna en 1917. Al inicio, entre 75% y 80% de la población era analfabeta. Hoy sólo seis de cada 100 continúan en esa lamentable condición. Decir que la educación mexicana refleja resultados poco satisfactorios es pasar por alto una acción faraónica en un país que ha crecido en promedio un millón de habitantes por año desde esa misma fecha.

Por otra parte, el fenómeno educativo es complejo, multifactorial y sistémico, por lo que de no haber cambios significativos en otras variables sociales, será casi imposible que los resultados sean distintos a la realidad de pobreza, marginación e inequidad social que caracteriza a nuestro país. Si bien la educación es causa, también es consecuencia. Los cambios en el sistema educativo no son capaces de mejorar sustantivamente los niveles de calidad educativa en tanto las demás variables del desarrollo tengan altos índices de pobreza e inequidad social y económica.

az: ¿Qué dejamos de hacer en comparación con economías emergentes similares a la nuestra? Por ejemplo las asiáticas, que aparecen en el top ten de las evaluaciones internacionales.

JCP: Tocas un punto muy importante, migrar de mirarnos al “ombligo”, a hacerlo en el contexto. Efectivamente hay algo raro. Cuando uno evalúa corre el riesgo de olvidar que los resultados brutos de las evaluaciones —al menos en 50%— reflejan las condiciones socioeconómicas y culturales de los países y no lo que pasa en la escuela. Hay que restarle a esos resultados las condiciones del contexto, la situación familiar de los niños, para evaluar entre iguales y saber qué tan bien, o mal, estamos. Los ordenamientos de los países cambian cuando comparamos a una misma clase social.

¿Por qué salimos por debajo de otros países? Porque al no ajustar las evaluaciones por nivel socioeconómico y/o cultural, la comparación es asimétrica, inválida, y no refleja el esfuerzo escolar real. Nuestras clases sociales con mayores carencias son más numerosas porcentualmente que en otros países. Si 60% en la variación de los puntajes de las evaluaciones del rendimiento educativo refleja las desigualdades sociales y económicas, los resultados son más bajos que en esas economías, cuyas poblaciones en desventaja son porcentualmente menores.

Si sólo consideramos un estrato social y nos comparamos en él, las variaciones en los factores externos a la escuela se suprimen y los ordenamientos cambian. En ese caso, México está por encima de España, Noruega, Israel y Estados Unidos, países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Con independencia de lo anterior, existe un comportamiento sui generis. Mientras que los resultados de todos los países orientales están por encima de lo esperado en función de su mezcla social (como Corea, Japón y Vietnam —este último el país que tiene los mejores resultados cuando se contextualiza el Programa Internacional de Evaluación de Alumnos, PISA 2012), por el contrario, todos los países latinoamericanos que participan en PISA, sin excepción, están por debajo de lo esperable. Lo anterior debido a sus estructuras sociales. Esto demuestra que existe un problema cultural en México —y en toda la región— que nos impide superar el rezago.

Existe una excepción en Latinoamérica, pero que nunca aparece porque es discriminada en las evaluaciones internacionales, se trata de Cuba, el único país de la región que se tomó en serio el tema educativo hace más de 40 años, cuando alfabetizó a su población de inmediato. En este país, los niños tienen un diagnóstico de educación inicial, son evaluados al entrar a la primaria, cuentan con el seguimiento de sus profesores en los primeros grados. En síntesis, hay una serie de elementos pedagógicos que explican este comportamiento excepcional. El nivel educativo promedio de su población adulta es cuatro o cinco grados superior al resto de Latinoamérica. Mientras nuestros promedios alcanzan el nivel medio superior, en Cuba se encuentran en 2º o 3er grado de educación superior.

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¿Algo que quieras añadir?

JCPDos cosas. Número uno: en un contexto de profunda crisis de valores que permea casi todos los estamentos sociales en nuestro país es sumamente difícil para cualquier sistema educativo —y específicamente para las escuelas, sus directivos y sus docentes— abstraerse de su situación y construir al ciudadano que se anhela: ético, crítico, constructivo, responsable, solidario, honesto, austero, respetuoso del estado de derecho, etcétera; cuando desde la cúspide —y a lo largo de toda la estructura social— los mensajes públicos sobre el significado del éxito están asociados a la opulencia desmedida, el despilfarro insultante, el robo de los recursos nacionales, la voracidad por el poder, la mentira en el mensaje público, la corrupción, la impunidad, el delito, etcétera, se hace muy difícil que una educación de calidad se dé. Es necesario retomar las riendas de la conducción del país —desde una perspectiva nacionalista— que, sin aislarse del contexto internacional, recobre y fortalezca los valores que permitieron —con todas las limitaciones del caso— constituir una sociedad solidaria, rica en valores e identidad nacional, que sentía orgullo por lo propio y respeto por lo externo, estimulando su construcción desde las edades más tempranas.

Número dos, en materia de evaluación educativa, compete al Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) ir más lejos de los indicadores de cobertura, del crecimiento o decrecimiento de las opciones educativas, de los porcentajes explicativos del rendimiento escolar y su comportamiento, etcétera. Deben ejercer a cabalidad el concepto evaluar, es decir, emitir juicios de valor; denunciar las malas prácticas que existen en el sector educativo y que impiden el avance del país. Estamos en un sistema en el cual se denuncian diariamente y en distintos medios de comunicación que prima la corrupción, el “clientelismo”, el tráfico de influencias, el desvío de recursos, la impunidad, la mediocridad, el notable abandono de deberes por parte de algunos funcionarios, etcétera. Hay que investigar este fenómeno en educación, medirlo, ponderarlo, sopesarlo y, en su caso, asumir la responsabilidad de identificarlo, denunciarlo y expresarlo formalmente, el no hacerlo, y sólo presentar indicadores de cobertura y rendimiento educativo, es servir de comparsa y cómplice de un sistema corrupto y perverso.

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