A veces el cliente menos espectacular es quien te ayuda a construir la empresa que después podrá jugar en grande.
Todas las empresas que quieren crecer tienen una oportunidad única: ese cliente capaz de multiplicar la distribución, el contrato que les dará visibilidad o el proyecto que finalmente las pondrá a jugar en otra liga. En consultoría esta conversación aparece todo el tiempo, llegan preguntando cómo conseguirlo y, tarde o temprano, terminamos hablando de otra cosa: qué tendría que pasar dentro del negocio si mañana ese cliente dijera que sí.
La semana pasada estuve en Fuckup Nights y varias historias me sonaron demasiado conocidas, la empresa que invirtió en una nueva línea de producción, consiguió un contrato enorme y un problema en la producción casi la quiebra porque el nivel de apalancamiento ya no permitía equivocarse. Un director que convenció a clientes, aliados e inversionistas de una visión construida desde la emoción, aunque los números nunca alcanzaron a sostenerla, y el emprendedor que entró a un mercado sin entender por completo las reglas políticas del lugar y terminó metido en una persecución política por querer cambiar el juego.
















