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EVALUAR, ¿PARA QUÉ?

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Si no partimos de las realidades tal cual son, tampoco podremos ser capaces de resolverlas o mejorarlas

Enfrentar y atender los enormes problemas educativos en el país sólo puede ser posible si se cuenta con un diagnóstico correcto. A partir de esta correcta tesis, las autoridades educativas han considerado la evaluación como el principal instrumento para mejorar la calidad del sistema educativo.

“Si no partimos de las realidades tal cual son, tampoco podremos ser capaces de resolverlas o mejorarlas”, dice la secretaria de Educación Pública, Josefina Vázquez Mota1.

Contar con formas de medición confiables a escala nacional, efectivamente permite conocer mejor en dónde estamos y qué necesitamos. Sin embargo, antes de empezar el procedimiento es necesario tener claro qué es lo queremos evaluar y, sobre todo, ¿para qué queremos esas evaluaciones?

En términos generales sabemos que la calidad de la educación en México se sitúa claramente debajo de países más avanzados, y muy arriba de las naciones más empobrecidas del planeta. Dos mediciones internacionales nos permiten conocer esta situación a partir de la comparación de indicadores en distintos países.

Una perspectiva que nos permite comparar la educación mexicana con la de países más desarrollados, es la de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), mediante las pruebas del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) y los indicadores que difunde anualmente la publicación Education at a Glance.

Las pruebas PISA ofrecen los resultados más visibles e informan sobre el nivel de competencia en habilidades para la vida en la sociedad del conocimiento, en aspectos clave como la lectura, las matemáticas y las ciencias.

Sus resultados han puesto en evidencia que los jóvenes mexicanos de 15 años tienen en promedio niveles de competencia muy inferiores a los de los países más desarrollados, y una proporción muy considerable de esos estudiantes (alrededor de la mitad en lectura, y de dos terceras partes en matemáticas) no alcanzan el nivel 2 de las pruebas, que se define como “el mínimo necesario para desenvolverse adecuadamente en la democracia y las economías desarrolladas”.

Los resultados de los alumnos mexicanos son inferiores a los de los países más avanzados, aun después de controlar los efectos del nivel socioeconómico, el PIB per cápita y el gasto por alumno.

Sin embargo, si consideramos que en México casi cuatro de cada 10 jóvenes de 15 años están fuera de la escuela y que es previsible pensar que en caso de ser evaluados tendrían un rendimiento bajo, es posible pensar que el nivel promedio de la población total de 15 años es menor al que muestran los resultados de PISA.

Los indicadores de Education at a Glance permiten comparar la situación de México con la de los países de la OCDE en otros indicadores.

Por ejemplo, en escolaridad pro- medio y proporciones de población con educación media superior y superior, México se ubica muy abajo de los países avanzados, pues mientras el promedio de la OCDE es de 12 años de escolaridad, los mexicanos tenemos en promedio 8.7 años. En cambio, el progreso de México, como en España, Portugal y Turquía en el avance de la escolaridad en las generaciones jóvenes respecto a las de mayor edad, es muy superior al de los Estados Unidos, que en este sentido se ha estancado.

Otros indicadores sobre el entorno de la enseñanza y la organización de las escuelas muestran que en el nivel secundaria, México tiene la carga curricular más alta de todos los países OCDE, que países con resultados de aprendizaje sobresalientes en el plano internacional, como Finlandia y Corea, tienen cargas especialmente bajas. El tamaño de los grupos en este nivel, que es considerado el nivel crítico de la educación básica en México2, es sensiblemente mayor que el de la media de los países de la OCDE.

Un tema que merece especial atención es el del gasto educativo, pues sumando gasto público y privado, la proporción del PIB que México dedica a la educación es mayor al siete por ciento, lo que lo pone arriba de la mayoría de los países del mundo.

Paradójicamente, el país destina a educación una proporción de su gas- to público total casi dos veces mayor al promedio de la OCDE, y sin embargo el gasto público total es muy inferior al de todos los demás países en relación con el PIB, debido a que en México la recaudación fiscal es muy baja.

Así, aunque en términos absolutos el gasto por alumno en México es muy inferior al promedio de la OCDE, en términos del porcentaje que representa dicho gasto sobre el PIB per cápita de cada país refleja un gran esfuerzo económico para educar a los jóvenes mexicanos (El gasto por alumno en el promedio de la OCDE es equivalente a 26 por ciento del PIB per cápita, y en México es 21 por ciento).

Este esfuerzo, sin embargo, puede estar mal encauzado: en términos de

porcentaje, México gasta igual que la media de la OCDE en preescolar, un poco menos en primaria, secundaria y en educación media superior 3, pero supera la media en educación superior.4 Sin embargo, México destina la mayor parte de su presupuesto educativo al gasto corriente (arriba de 97 por ciento en educación básica y media) y muy poco a inversión.

Otra perspectiva de la situación educativa de México en comparación con otros países, es la que dan los informes de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) sobre los avances del proyecto de Educación para Todos (ETP).

Estos resultados permiten equiparar a México con la mayor parte de los países del mundo en varios indicadores educativos básicos, que forman el Índice de Desarrollo de Educación para Todos (IDE): la tasa neta de escolarización en primaria; la tasa de alfabetización de la población de 15 años o más; un indicador compuesto de equidad de género (IEG); y la tasa de supervivencia en quinto grado de primaria.

Los valores máximo y mínimo del IDE son uno y cero y la UNESCO ha definido tres grupos de países: los de alto desarrollo educativo, cuyo IDE es superior a 0.995; los de desarrollo medio, con valores del IDE de 0.80 a 0.995; y los de desarrollo bajo, que presentan valores inferiores a 0.80.

En esta clasificación, México tiene un IDE de 0.949, que lo sitúa debajo del grupo de alto desarrollo, y a la cabeza del grupo de desarrollo medio, en el lugar 48 o 49 de 125 países.

Sumando gasto público y privado, la proporción del PIB que México dedica a la educación es mayor al siete por ciento, lo que lo pone arriba de la mayoría de los países del mundo

En este punto, sin embargo, es necesaria una precisión: los componentes del IDE fueron seleccionados pensando en los objetivos del proyecto EPT, que tiene una especial atención a los países más pobres, donde alcanzar la cobertura completa en primaria es todavía un desafío importante, que no es el caso de México.

El IDE tiene entonces poca sensibilidad para distinguir diferencias mayores entre países de nivel medio y alto, ya que ambos tienen tasas cercanas al cien por ciento en los cuatro componentes del indicador. Así, la diferencia entre los países que encabezan el primer grupo y los primeros del segundo grupo es menor a cinco centésimos.

Además, pueden registrarse cambios muy fuertes en el lugar que ocupa un mismo país en el ordenamiento de la UNESCO en años sucesivos, pues variaciones mínimas en los indicado- res pueden representar una ganancia o pérdida de 15 o 20 lugares.

Pese a ello, el IDE permite apreciar la diferencia que separa al sistema educativo mexicano de los correspondientes a más de cien países de Amé- rica Latina, el sur de Asia y África, en los cuales la cobertura de primaria y la alfabetización ni siquiera superan el 50 por ciento.

Ninguna de las dos evaluaciones internacionales, sin embargo, está en condiciones de explicar la realidad del sistema educativo en México, pues los resultados de sus pruebas e indicadores no permiten establecer las diferencias regionales dentro del territorio nacional en el acceso y la calidad de la educación.

Si acaso la UNESCO da una pista, pues el promedio nacional del IDE mexicano incluye valores mayores y menores de las entidades federativas. Eso permite observar que los valores más altos del IDE en algunas entidades del país resultan más altos incluso que los que presentan países muy desarrollados, como Dinamarca, Irlanda y el Reino Unido y, en cambio, los valores más bajos en tres entidades, sobre todo las del sur, están equiparadas con los de los países más pobres del planeta.

Daniela Pastrana

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