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Ser una copia es la forma más cara de ser invisible

¿A quién le hablas cuando tu voz suena igual a todos?

Cada vez es más difícil distinguir una marca de otra y no porque todas vendan lo mismo, sino porque todas aprendieron a hablar igual. Hace unos días vi un video de The Food Police donde habla de cómo muchos creadores de contenido dejaron de enfocarse en crear para empezar a replicar. Y es que inspirarse siempre ha existido y, de hecho, es parte natural de cualquier proceso creativo. El problema aparece cuando la inspiración sustituye a la identidad y todas las voces empiezan a sonar igual.

Eso debería preocuparnos mucho más de lo que parece, ya que hoy muchísimas empresas delegan su comunicación en creadores de contenido, agencias o herramientas de inteligencia artificial. Pero si cualquiera puede tomar exactamente el mismo formato para vender un restaurante, una inmobiliaria y un despacho legal, el problema ya no es del creador. Es de la marca que nunca definió cómo quería sonar, cómo usar su voz.

Y cuando una empresa no tiene una voz propia, termina viviendo de las tendencias y el problema es que las tendencias duran días mientras que la identidad permanece.

Además, competir solo desde la ejecución cada vez es más difícil. Hoy cualquier persona puede producir un video atractivo, escribir un buen copy o generar imágenes de gran calidad en cuestión de minutos. Las herramientas ya no son una ventaja competitiva hoy más que nunca la diferencia está en tener algo propio que decir.

Se estima que todos recibimos entre 4,000 y 10,000 impactos publicitarios al día. Nuestro cerebro simplemente no puede procesar semejante cantidad de información, así que hace lo único lógico: desarrolla filtros automáticos. Todo aquello que se ve, se escucha y se siente igual termina desapareciendo del radar.

La mayoría de las marcas no fracasan porque el mercado las rechace, fracasan porque el mercado nunca las recuerda, por lo que la diferencia no está en subirse a una conversación. Está en tener una identidad capaz de convertir esa conversación en una oportunidad para reforzar quién eres.

Lo vimos durante el Mundial con el fenómeno del “¿Y si sí?”. Todo comenzó como una conversación espontánea alrededor de la selección mexicana. Huevo San Juan la tomó, imprimió la frase sobre sus cascarones y convirtió un momento cultural en una demostración de algo que muy pocas empresas podían hacer: mostrar su capacidad de producción mientras participaban en la conversación nacional. No solo siguieron una tendencia; la hicieron suya con su voz.

Poco después, Dobel utilizó exactamente la misma frase, pero desde un lugar completamente distinto. La llevó al territorio del tequila, del orgullo mexicano y del dramatismo que acompaña cada partido de la selección. Era el mismo fenómeno cultural, pero contado desde una identidad completamente diferente.

Ambas campañas funcionaron porque no copiaron la ejecución. Adaptaron la conversación a lo que cada marca representa.Y aun así, seguimos hablando primero de Huevo San Juan, porque en comunicación, llegar primero sigue teniendo un enorme valor. Los que vienen después necesitan mucho más que repetir una idea para llamar la atención.

Durante el mismo Mundial también vimos dos formas muy distintas de aprovechar la conversación. VivaAerobus invirtió millones para convertirse en patrocinador oficial de la Selección Mexicana durante el Mundial. Su comunicación tenía un objetivo muy claro: demostrar que es una aerolínea en la que incluso la selección confía para volar. Todo reforzaba el mismo posicionamiento.

Volaris, en cambio, entendió que no necesitaba comprar el mismo espacio para participar en la conversación. Tomó una frase que ya existía en las calles “México quiere volar”y la convirtió en un mensaje coherente con su propia personalidad.

Dos estrategias completamente distintas y diferentes de aprovechar el mismo momento. Las dos funcionaron porque cada una habló desde su identidad, no desde la del competidor. Y ahí es donde el contenido deja de ser un tema de marketing para convertirse en un tema de arquitectura comercial.

Todavía hay empresas convencidas de que el reto consiste en producir más contenido, publicar con mayor frecuencia o encontrar la siguiente tendencia viral. Pero el verdadero problema aparece antes: cuando la empresa nunca definió qué vende, para quién lo vende y por qué alguien debería elegirla sobre cualquier otra opción.

La arquitectura comercial no existe para limitar la creatividad, existe para darle dirección. Es la que define la voz de una marca, los mensajes que vale la pena construir, las conversaciones en las que tiene sentido participar y, sobre todo, aquellas en las que no necesita estar.

Porque no todas las tendencias fortalecen un posicionamiento, mientras que otras simplemente distraen. Cuando la estrategia no existe, copiar se convierte en la salida más fácil. Cada campaña del competidor parece una buena idea, cada publicación viral parece una oportunidad y cada formato nuevo parece una obligación.

El problema es que hoy todos tenemos acceso a las mismas herramientas, a la misma inteligencia artificial y a los mismos formatos de contenido. La tecnología dejó de ser el diferenciador.

Lo que sigue siendo imposible de copiar es una identidad construida con intención. Porque las marcas que permanecen no son las que hablan más fuerte, son las que tienen algo propio que decir con su propia voz.

Y en un mercado donde todos pueden verse profesionales con un par de clics, ser una copia ya no es una forma de competir, es la forma más cara de volverte invisible.

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