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SUERTE, DE TIN MARÍN, LO SÉ O NO LO SÉ…

Evaluando El Futuro Portada De La Revista Educación y Cultura AZ #0

EVALUACIÓN SENSATA Y ACTUALIZADA

Debemos aprender a evaluar la conducta, las acciones, los hechos sociales y darles un valor, un gran valor, un gran puntaje de calificación académica. Porque de otra manera estamos corriendo el grave riesgo de que las evaluaciones cuantitativas caigan, o nos hagan caer, como sociedad, en la inconsciencia colectiva más grande de la historia humana. Antes de que ello su- ceda, pongamos en la balanza de la evaluación a los dos grandes: actitud, aptitud. Tenemos que retomar el valor de la calidad humana y darle un buen puntaje a la hora de nuestras evaluaciones.

Los mecanismos de evaluación, cualquiera que éstos sean, conllevan “valores” y se miden a partir de ellos, de ahí que éstos sean tan importantes a la hora de tomar una decisión o de calificar a alguien. Pero el evaluador también tiene valores propios, que a veces se enredan y confunden con sus intereses personales y profesionales, por lo que garantizar la plena neutralidad, cientificidad y justicia de una evaluación dista mucho de la realidad y, en general, llegamos a ser injustos en nuestras evaluaciones tal y como están y se aplican actualmente.

Así, de la visión cuantitativa de la escuela tradicional, en la que la finalidad de la enseñanza era un medio de perfeccionamiento y mejora constante que estableció sistemas evaluativos entendidos como neutrales, objetivos y predictivos, centrando la valoración en los niveles de eficacia y eficiencia −esto es en lo numérico− pasamos luego, alrededor de los años setenta del siglo pasado, a la perspectiva cualitativa, donde se trata de buscar el significado de las cosas y la evaluación no sólo mide el conocimiento, sino también el proceso de aprendizaje; más tarde, la escuela inteligente postula su posición crítica y la importancia de no sólo recoger información, sino de transformar esta información en conocimiento a través de la reflexión grupal y de la autorreflexión.

Pero justo en este punto es que los procesos evaluativos tradicionales se enfrentan a un nivel de ineficacia total, ya que un estudiante reflexivo transforma la información en conceptos de aprendizaje y, de acuerdo a su background, este conocimiento es interiorizado, reflexiona- do y aplicado en su vida personal y profesional. De ahí que, al individualizarse el conocimiento, sea cada vez más difícil realizar evaluaciones grupales: ése es justo el talón de Aquiles de la escuela constructivista de Jean Piaget.

Una evaluación que merezca ese nombre debe ser confiable, práctica y útil tanto para el evaluado como para el evaluador y, por tanto para la sociedad. Pero estamos atrapados en mecanismos obsoletos de evaluación, carentes de confiabilidad mínima. Parafraseando a Foucault: la evaluación se ha transformado más en un mecanismo coercitivo que permite clasificar, calificar y castigar.

Hasta ahora predominan cuatro tipos de evaluaciones:

La clásica y empírica: exámenes escritos y orales, entrevistas libres, en los que muchas veces hay criterios implícitos y visiones personales del evaluador.

La evaluación por objetivos: tests, entrevistas específicas, análisis de contenidos; aquí existen criterios de evaluación específicos, pero no se toman en cuenta la situación emocional o circunstancial del evaluado, a pesar de que estos elementos tienen un gran peso en el resulta- do evaluativo.

Evaluación libre o de proceso: se mantiene constante a lo largo de un determinado proceso educativo, debe haber sistematización evaluativa, controles de lectura, trabajos individuales y de grupo.

Evaluación diagnóstica: aunque es la menos frecuente, implica la valoración y autovaloración maestro-alumnos, transforma el tipo de autoridad al interior del salón de clases con un ejercicio más horizontal que vertical y, por tanto, con responsabilidades en el aprendizaje del alumno por parte del maestro, así como valoraciones de los alumnos hacia el maestro y el proceso de enseñanza-aprendizaje.

También existen los grandes rubros evaluativos: la evaluación institucional, la evaluación económica, política, social. En cuestiones educativas, en México existe el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE).

Hace unos días, el 21 de marzo de este 2007, su director general, Felipe Martínez Rizo, dijo que “las evaluaciones efectuadas por el INEE en 2006, muestran avances en la educación del país que resultan innegables como son: el 100 por ciento de cobertura en primaria en la mayoría de las entidades; en secundaria una tasa bruta de cobertura de 85 por ciento y una tasa neta de 75 por ciento en alumnos de 12 a 14 años, e incremento del nivel de aprendizaje en lectura y matemáticas en alumnos de sexto grado de primaria”.

También dio a conocer que, del año 2000 al 2005, el porcentaje de alumnos de sexto año de primaria con rendimiento insuficiente en lectura se redujo de 9 a 2 por ciento en primarias privadas, de 22 a 12 en urbanas y de 32 a 23 en rurales.

Cantidades, porcentajes y números que se manifiestan en lo cuantitativo y acerca de los cuales tendríamos que hacer una gran evaluación nacional para ver si corresponden también a lo cualitativo en nuestro país, para ver si realmente hemos dado oportunidad a quienes poseen las cualidades y habilidades necesarias para sacar adelante al país, o si las evaluaciones siguen siendo algo sumamente subjetivo, que se usa indiscriminadamente a favor de ciertos privilegiados que no han dejado mas que vergüenza nacional. Sobre todo, debemos evaluar por qué México ha bajado tanto de nivel en su calidad educativa, estando en el último lugar de América Latina, ya ni hablar del mundo.

Somos como nos perciben y ahí también andamos reprobando a nivel internacional. Pero en lo interno es cosa juzgada, ya que, si bien es cierto que tradicionalmente hemos exportado mano de obra barata a Estados Unidos, también es cierto que hemos empezado a exportar cerebros, talentos y, sobre todo, actitudes de éxito. Todo aquél que quiera “hacerla” prefiere quemar sus naves y salir del país en busca de una oportunidad, o de una evaluación justa, honesta, sincera y no amañada, como las que suelen hacerse con toda la subjetividad que otorga la corrupción en este nuestro querido país.

Belinda Abud

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